Page 881 - Anatema - Neal Stephenson
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hasta el principio de la rampa. Allí se estaba formando una


          multitud de fras y sures más fascinados que temerosos.

          Orolo  los  fue  empujando,  dirigiéndose  hacia  la  rampa,

          gritando para hacerse oír:


            —¡Fra Landasher, abre la puerta! Yul, ve con tu primo y

          coged  vuestros  vehículos.  ¡Encontrad  el  paracaídas  y

          traedlo! Sammann, ¿tienes un cismex? ¡Cord, recoge tus


          cosas y nos vemos al fondo! —Echó a correr por la rampa

          en la oscuridad para ir al encuentro de los Geómetras.

            Corrí tras él. Mi papel habitual en la vida. Había perdido


          de vista la sonda… la nave… lo que fuese… durante ese

          momento, pero ahora volvía a estar allí, de pronto, justo


          delante de mí y a sólo unos cientos de pies de distancia,

          descendiendo a un ritmo controlado hacia el templo de

          Orithena.  Me  conmocionaron  tanto  su  inmediatez,  su


          calor  y  el  ruido  que  emitía,  que  retrocedí,  perdí  el

          equilibrio y caí de rodillas. En esa postura la vi descender


          los últimos cien pies. Su orientación y su velocidad eran

          perfectamente regulares, pero sólo como resultado de un

          millar de diminutos ajustes y empujones de sus motores:


          estaba controlada por algo muy complejo, algo que cada

          segundo  tomaba  muchísimas  decisiones.  Se  dirigía  al

          Decagón. En el último medio segundo, los penachos de


          gas hipersónico de los motores provocaron una tormenta

          infernal  de  losetas  rotas.  Al  descender,  unas  patas  de

          insecto  redujeron  lo  que  quedaba  de  la  velocidad  y  los


          motores se apagaron. Pero siguieron siseando un par de



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