Page 879 - Anatema - Neal Stephenson
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Una de las estrellas se movía. Al principio tan
discretamente que tuve que detenerme, recuperar el
equilibro y observarla con atención para estar seguro. No
era una ilusión. La remota parte animal de mi cerebro, tan
atenta a los movimientos sutiles y sospechosos, había
encontrado esa estrella entre millones. Se encontraba en el
cielo occidental, no muy por encima del horizonte, por lo
que al principio se perdió un poco en el crepúsculo. Pero
se elevaba lenta y constantemente hacia la oscuridad.
Mientras lo hacía, cambió de color y de tamaño. Al
principio no era más que un punto de luz blanca, como
cualquier otra estrella, pero fue enrojeciendo en su ascenso
hacia el cenit. Luego se transformó en un punto naranja
que, con un destello amarillo, emitió una cola cometaria.
Hasta ese momento la vista me había estado engañando y
me había equivocado al calibrar su distancia, altitud y
velocidad. La cola cometaria me obligó a adoptar el punto
de vista adecuado: el objeto no estaba a mucha altura en el
espacio, sino que descendía hacia la atmósfera perdiendo
energía en forma de aire reluciente. Había reducido el
ascenso al acercarse al cenit, y estaba claro que perdería
toda la velocidad de avance antes de pasar sobre nuestras
cabezas. La dirección del meteoro no había cambiado en
ningún momento: iba directamente hacia nosotros y,
cuanto más crecía y más brillante se volvía, más parecía
colgar inmóvil en el cielo, como una pelota que se abalanza
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