Page 910 - Anatema - Neal Stephenson
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que esa cosa, esa nube reluciente, se nos acercaba, y que,
si no nos apartábamos de su camino, nos aplastaría como
una almádana y, simultáneamente, nos freiría como un
lanzallamas. La única forma de lograrlo era subirse a las
aeronaves, que habían aterrizado en la pendiente
despejada, entre los muros del concento y la tienda de
recuerdos. Eran las justas para los soldados con todo su
equipo. Así que caballerosamente tiraron al suelo el
equipo. Abandonaban todo lo que habían llevado para
poder alejar del peligro a los pasajeros, a los avotos.
Incluso lanzaban fuera de las naves los extintores o el
equipo médico para dejar más espacio a los humanos.
Todo se reducía a un simple cálculo que cualquier teor
hubiese comprendido. Los pilotos de las naves sabían
cuánto peso podían levantar y sabían cuánto pesaba de
media una persona. Dividiendo la primera cifra entre la
segunda obtenían el número de personas que podían subir
a cada nave. Para que no se rebasara el límite, los pilotos
habían sacado sus armas y había soldados armados a
ambos lados de las puertas. Los soldados sabían dónde
debían ir: básicamente volvieron a la nave de la que
habían salido. Los orithenanos se agitaban, se movían, se
abalanzaban en los espacios abiertos entre las aeronaves,
tropezando o saltando sobre el equipo abandonado. Los
pilotos los señalaban uno a uno, los subían a bordo y
actualizaban el recuento. De vez en cuando se las
ingeniaban para arrojar fuera más equipo y aceptar a otro
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