Page 922 - Anatema - Neal Stephenson
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debíamos quemar cuando se ensuciasen. Nos convocaban


          aleatoriamente  para  ser  entrevistados,  fototipeados  y

          escaneados biométricamente.

            Como a mediodía del segundo día, una enorme aeronave


          de  alas  fijas  había  aterrizado  en  una  carretera  cercana

          habilitada  como  aeródromo  provisional.  Un  poco  más

          tarde, a la playa había llegado una caravana de vehículos


          con civiles, algunos de ellos vestidos con paño y cordón.

          Habían  gritado  mi  nombre.  Caminé  hasta  la  puerta  del

          campamento, donde encontré, al otro lado de una franja


          segura y no infecciosa de arena, a un grupo de Tredegarh

          de  dos  docenas  en  total.  Hasta  que  no  se  pusieron  a


          hablarme en orto a algunos no los reconocí como avotos,

          porque el estilo de sus paños y cordones era diferente del

          de  Sante  Edhar.  Procedían  de  muchos  concentos


          diferentes.  Sólo  había  reconocido  a  uno  de  ellos:  una

          vallera que había ayudado a salvarme la vida en Mahsht.


          La miré a los ojos e insinué una inclinación, a la que ella

          respondió de la misma forma.

            El PEI de ese grupo dijo algo sobre Orolo muy respetuoso


          y  bien  expresado.  Luego  me  informó  de  que  yo  los

          ayudaría a preparar las «cosas» para su envío al Convox,

          y que al día siguiente regresaría a Tredegarh con ellas. Las


          «cosas» a las que se refería eran, por supuesto, la caja de

          viales y el cuerpo de la Geómetra muerta, que los militares

          habían confiscado y conservaban en hielo en una tienda


          especial.



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