Page 941 - Anatema - Neal Stephenson
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—Hace calor aquí dentro —me explicó al verme
mirarla—. Sur Maroa. Centenaria. De los quintos
roscónicos. Vengo de un pequeño cenobio del que jamás
has oído hablar. ¿Puedo comer un poco de ese pan?
—¿No temes que te contamine?
Miró el casco y luego a mí.
Pensé que sur Maroa era bastante atractiva, pero era
quince años mayor que yo, y en este momento no confiaba
en mí mismo; quizá me hubiese sentido atraído por
cualquier mujer que no me hubiese tratado como el vector
de una plaga alienígena. Así que le di pan.
—¡Qué lugar más espantoso! —comentó, mirando a su
alrededor—. ¿Así viven los extras?
—La mayoría.
—Pronto estarás fuera. —Inhaló con fuerza y, por su
expresión, supe que pensaba en lo que olía. Luego puso
cara de disgusto y cabeceó—. Aquí hay demasiados
productos industriales —dijo.
—¿Qué eres? —pregunté—. ¿Qué hacen los quintos
roscónicos? Lo lamento, debería saberlo.
—Gracias —dijo, aceptando el trozo de pan y tocándome
a propósito. Le dio un buen mordisco y miró al espacio
mientras masticaba.
Los avotos que seguían la disciplina roscónica habían
empezado a dividirse y a pelearse inmediatamente
después de la Reconstitución y a reñir sobre qué secta
tenía derecho al nombre de roscónicos, roscónicos
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