Page 945 - Anatema - Neal Stephenson
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Entró en una especie de esclusa de aire que habían
montado en la puerta delantera. La puerta se cerró y se
atrancó, y el dispensador de cinta empezó otra vez a emitir
ruidos groseros.
Oscureció. A mí me preocupaba la contradicción. Los
Geómetras tenían nuestro aspecto, pero estaban hechos de
una materia tan fundamentalmente diferente que Maroa
había considerado la posibilidad de que ni siquiera
pudiésemos olerlos. Alguien en el Convox temía los
gérmenes espaciales; Maroa no.
El que yo estuviese encerrado en esa caja era resultado de
discusiones que la gente mantenía en salas de tiza, a
menos de cien yardas. Debería haber prestado más
atención a los comentarios de Jesry sobre la naturaleza del
Convox.
Lio apareció tarde y gorjeó junto a la ventana. Era el
gorjeo de pájaro que empleábamos en Edhar cuando
salíamos después de la hora límite.
—No te veo —dije.
—Mejor. Soy casi todo magulladuras y hematomas.
—¿Has estado entrenando con los valleros?
—Eso sería mucho más seguro. No, he estado entrenando
con gente tan torpe como yo. Los avotos del Valle
Tintineante nos miran y se ríen.
—Bien, espero que estés dando tanto como recibes.
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