Page 117 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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ocupemos? El pueblo al que hemos estado vigilando
dispone de mucho más espacio, pero se siente mucho
menos satisfecho de lo que estamos nosotros.
¿Era esto cierto?, se preguntó Alvin. Pensó de nuevo en
el desierto que rodeaba a la isla que era Diaspar y su mente
regresó al mundo que había sido la Tierra. Volvió a ver las
grandes superficies de las aguas azules, infinitas, mucho
más grandes que las tierras secas, cuyas olas llegaban
rodando para acariciar las playas arenosas y doradas. En
sus oídos parecía resonar todavía ese rumor de las aguas
rompiendo contra las playas, que había cesado hacía ya
medio millón de años. Y se acordó de las praderas y los
bosques y de las extrañas bestias que antaño compartieron
el mundo con el hombre.
Todo eso había pasado ya. Nada quedaba de los
océanos, salvo los grandes desiertos salinos, agitados y
sacudidos por los vientos. Sal y arena de un Polo a otro con
sólo las luces de Diaspar brillando en medio de ese enorme
desierto que un día acabaría también por engullírsela.
Y ésas eran las últimas cosas que el hombre
conservaba, mientras sobre la tremenda desolación las
estrellas olvidadas seguían brillando como siempre.
—Jeserac —dijo finalmente Alvin—, en una ocasión
estuve en la Torre de Loranne. Ya nadie vivía allí, y pude
dirigir mi vista por encima del desierto. Reinaba la
oscuridad y no podía ver el suelo, pero el cielo estaba lleno
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