Page 135 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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máquinas,  una  labor  que  no  exigía  mucha  iniciativa  ni

         grandes  dotes  emprendedoras.  Un  tanto  alejado  del

         tumulto  de  la  ciudad,  un  tanto  solitario  entre  sus


         compañeros, Rorden vivía una existencia feliz y plácida. Y

         ahora llegaba este muchacho, para revivir los espíritus de

         unas épocas que llevaban ya muertas millones de siglos, y


         le  amenazaba  con  alterar  su  tan  apreciada  tranquilidad

         mental.

                Sólo unas palabras de desánimo podrían bastar para

         destruir  esa  amenaza,  pero  al  contemplar  la  expresión


         ansiosa y desgraciada de los ojos de Alvin, Rorden se dio

         cuenta de que no podía elegir el camino más fácil. Incluso

         sin  el  mensaje  de  Alaine  su  conciencia  no  se  lo  hubiera

         permitido.


                —Alvin —comenzó—, ya sé que hay muchas cosas que

         te han venido intrigando. Sobre todo, supongo, te habrás

         preguntado  por  qué  vivimos  encerrados  en  Diaspar


         cuando  antaño  el  mundo  entero  no  resultaba  suficiente

         para nosotros.

                Alvin  hizo  un  movimiento  de  asentimiento  y  se

         preguntó  cómo  el  hombre  podía  leer  en  su  mente  de


         manera tan exacta.

                —Bien —continuó Rorden—, temo que no voy a poder

         darte una contestación completa. No, no me mires con ese

         aire de desencanto: aún no he terminado. Todo comenzó


         cuando el hombre tuvo que pelear contra los Invasores —




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