Page 239 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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Pero no se consideró irremisiblemente vencida y en ese
momento sucedió lo que Alvin había temido y había
tratado de contrarrestar del mejor modo.
En esos momentos había dos entidades totalmente
distintas luchando en su mente y una de ellas le estaba
suplicando, ordenando, al robot que lo dejara de nuevo en
el suelo. Por otra parte el auténtico Alvin esperaba, con la
respiración contenida, resistiendo sólo débilmente contra
fuerzas que, lo sabía sobradamente, tenía pocas
posibilidades de vencer. El juego ya estaba hecho: todo
dependía de que el robot hubiese entendido
completamente órdenes tan complicadas como las que le
había dado anteriormente, programando su actuación.
Alvin le había ordenado al robot que, en ninguna
circunstancia, debía obedecer orden alguna suya hasta que
no estuviera libre, sano y salvo, en el interior de los muros
de Diaspar. Ésas eran las órdenes concretas. Si éstas eran
obedecidas, Alvin había puesto su destino fuera del alcance
de toda interferencia de los seres humanos.
Sin la menor vacilación la máquina siguió corriendo a
lo largo de la senda que Alvin le había trazado previamente
con todo cuidado y precisión. Una parte de su mente seguía
pidiéndole al robot, obedeciendo la voluntad poderosísima
de Seranis que lo dejara en el suelo, que no obedeciera las
órdenes anteriores. Pero Alvin, el auténtico Alvin, empezó
a darse cuenta de que podía considerarse a salvo.
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