Page 38 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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desvanecerse en la historia; asimismo, el conductor


           —yo—  inevitablemente  sufría  mareos,  producidos


           por la fuerza centrífuga y de Coriolis, que te hacían


           sentir como si te salieses de la máquina.


           Por  todas  esas  razones,  el  giro  inducido  por  la


           plattnerita era de un tipo diferente al de una peonza,


           o al de la lenta revolución de la Tierra. La sensación



           de girar se contradecía por completo, desde el punto


           de  vista  del  conductor,  con  la  impresión  de  estar


           quieto  sobre  el  asiento,  a  medida  que  el  tiempo


           dejaba  atrás  la  máquina,  porque  se  trataba  de  una


           rotación del Espacio y el Tiempo en sí mismos.


           A medida que las noches sucedían a los días, la forma


           nebulosa del laboratorio desapareció y me encontré



           en espacio abierto. Una vez más recorría el periodo


           del  futuro  en  el  que,  suponía,  el  laboratorio  había


           sido derribado. El Sol volaba por el cielo como una


           bala  de  cañón,  múltiples  días  condensados  en  un


           minuto, iluminando un pálido y esquelético andamio


           a  mi  alrededor.  El  andamio  desapareció  pronto,


           dejándome al descubierto al lado de la colina.


           Mi  velocidad  en  el  tiempo  se  incrementó.  El


           parpadeo  de  noches  y  días  se  combinó  en  un  azul



           profundo, y pude ver la Luna, girando en sus fases


           como la peonza de un niño. Y a medida que viajaba


           más rápido, la bola de cañón del Sol se transformó en


           un arco de luz, un arco que se elevaba y cruzaba todo


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