Page 39 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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el cielo. A mi alrededor, el clima oscilaba, y las
ráfagas de nieve invernal y verde primaveral
marcaban las estaciones. Finalmente, ya acelerado,
penetré en una nueva quietud tranquila en la que los
ritmos anuales de la Tierra misma —el Paso del anillo
solar por sus solsticios— latían como un corazón
sobre el paisaje.
No estoy seguro de si dejé claro, en mi primer relato,
el silencio en que uno se ve envuelto cuando viaja en
el tiempo. El canto de los pájaros, el traqueteo del
tráfico en el pavimento, el tictac de los relojes —
incluso el respirar suave de la propia casa— forman
todos juntos un tapiz invisible en nuestras vidas.
Pero, apartado del tiempo, sólo me acompañaban el
sonido de mi propia respiración y el suave ruido,
como el de una bicicleta, de la Máquina del Tiempo
bajo mi peso. Tenía una increíble sensación de
aislamiento, parecía como si hubiese penetrado en un
nuevo universo mudo a través de cuyas paredes
fuese visible nuestro mundo como por una ventana,
pero en este nuevo universo yo era la única cosa viva.
Una gran confusión se apoderó de mí, y se alió con la
sensación vertiginosa de caída que acompaña el viaje
al futuro, para provocarme náuseas y depresión.
Sin embargo, el silencio quedó roto: un murmullo
pesado, sin fuente aparente, parecía llenar mis oídos
como el ruido de un río inmenso. Ya lo había notado
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