Page 48 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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millón  de  pequeñas  tragedias  que  a  partir  de  ese


           momento sería la condición humana...


           Pero observé, al dejar esas mórbidas elucubraciones,


           que había un cambio que lentamente se manifestaba


           en  el  paisaje.  Me  sentí  trastornado,  en  el


           acostumbrado balanceo de la Máquina del Tiempo.


           Algo había cambiado, quizás algo en la luz.



           Desde mi asiento contemplé los árboles fantasma, la


           llanura plana de Petersham y los recodos del paciente


           Támesis.


           Entonces  levanté  la  cabeza  hacia  los  cielos


           difuminados por el tiempo, y finalmente comprendí


           que  la  banda  del  Sol  estaba  quieta.  La  Tierra  todavía


           giraba  sobre  su  eje  con  la  suficiente  rapidez  como



           para  manchar  el  movimiento  de  nuestra  estrella


           sobre  los  cielos,  y  para  convertir  las  estrellas  en


           invisibles, pero la banda de luz ya no cabeceaba entre


           los solsticios: se había quedado quieta a inmutable,


           como hecha de cemento. Rápidamente me volvieron


           la náusea y el vértigo. Me tuve que agarrar con fuerza


           a los carriles de la máquina, y tragué, luchando por


           controlar mi cuerpo.


           ¡Me  es  difícil  explicar  el  impacto  que  aquel  único



           cambio  del  paisaje  tuvo  en  mí!  Primero,  me


           conmocionó  la  audacia  de  la  ingeniería  necesaria


           para eliminar el ciclo de las estaciones. Las estaciones


           de la Tierra son el producto de la inclinación del eje


                                                                                                               48
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