Page 654 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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y las sombras de los tocones de los árboles
no parecían ni acortarse ni alargarse por el
suelo. Pero en realidad debía de ser una
hora más tarde cuando oímos un crujido
impresionante que se nos acercaba desde el
interior del bosque. Al principio no
podíamos precisar la fuente del ruido —los
ojos de Stubbins, abiertos y temerosos, eran
tan blancos como el marfil en la
penumbra— y esperamos conteniendo la
respiración.
Una forma se acercó, surgiendo de las
sombras quemadas, cojeando y tropezando
con los tocones; era una figura ligera,
claramente afligida, pero, sin duda,
claramente humana.
Con el corazón en un puño, me eché a
correr, sin que me preocupase la vegetación
quemada a mis pies. Stubbins corrió a mi
lado.
Era una mujer, pero con el rostro y la parte
superior del cuerpo quemados, y tan negros
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