Page 651 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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que quedaba del pañuelo sobre la nariz. El
cuerpo estaba tan quemado que al principio
pensé que era el cadáver de una bestia —
una cría de Diatryma quizá—, pero luego oí
la exclamación de Stubbins. Fui a su lado;
allí vi, al final de un miembro ennegrecido
extendido por el suelo, la mano de una
mujer. La mano, por algún sorprendente
accidente, no había sido dañada por el
fuego; los dedos estaban doblados, como si
durmiese, y un pequeño anillo de oro
brillaba en el anular.
El pobre Stubbins se metió entre los árboles
y le oí vomitar. Me sentí tonto, impotente y
desolado al estar en medio de aquel bosque
destruido con las cáscaras llenas de agua
colgándome del cuello.
—¿Qué hacemos si todo es así, señor? —me
preguntó Stubbins—. Ya sabe, así. —No
podía mirar al cadáver, o señalarlo—. ¿Qué
hacemos si no encontramos a nadie con
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