Page 92 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
P. 92

Y así seguimos. El Morlock señalaba cosas comunes


           —ropas,  partes  del  cuerpo  como  la  cabeza  o  los


           brazos— y proponía una palabra. Algunos intentos


           me  eran  irreconocibles  y  otras  parecían  alemán  o


           inglés antiguo.


           Yo le respondía con la palabra moderna. Una o dos


           veces intenté establecer una conversación más larga



           —ya  que  no  veía  cómo  ese  simple  registro  de


           nombres iba a llevarnos muy lejos—, pero se quedaba


           quieto hasta que me callaba y luego continuábamos


           con el paciente juego de emparejamientos. Probé con


           él lo que recordaba de la lengua de Weena, esa lengua


           melódica  y  simplificada  de  frases  de  dos  palabras;


           pero nuevamente el Morlock se quedó quieto hasta



           que me cansé.


           Así  estuvimos  varias  horas.  Finalmente,  sin


           ceremonia,  el  Morlock  se  fue;  un  camino  hacia  la


           oscuridad. No le seguí (¡todavía no!, me dije). Comí y


           dormí,  y  cuando  desperté  volvió  para  continuar


           nuestras lecciones.


           Al caminar alrededor de mi prisión de luz, señalando


           y nombrando objetos, sus movimientos eran fluidos


           y  graciosos,  y  su  cuerpo  parecía  expresivo;  pero



           llegué a darme cuenta de lo mucho que uno depende,


           en  el  contacto  diario,  de  la  interpretación  de  los


           movimientos  del  interlocutor.  No  podía  leer  al


           Morlock de ninguna forma. Me era imposible saber


                                                                                                               92
   87   88   89   90   91   92   93   94   95   96   97