Page 539 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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nosotros nos preparamos para jugar, una
mezcla de hombres y mujeres.
No espero que aquella austera batalla pase a
los anales de la historia deportiva. Mi
contribución fue mínima, excepto poner en
evidencia esa falta completa de coordinación
física que había convertido mis días de
escuela en un calvario. Stubbins era de lejos
el mejor de nosotros. Sólo tres de los
jugadores, incluyendo a Stubbins, estaban
sanos por completo, y uno de ésos era yo, y
me agoté por completo a los diez minutos de
empezar. ¡El resto era una colección de
heridas y —cómicos y patéticos— miembros
amputados o artificiales! Pero pese a todo, al
desarrollarse el partido y empezar a surgir
las risas y los gritos de apoyo, me pareció
que mis compañeros eran poco más que
niños; castigados y perdidos, y ahora
varados en una época antigua. Pero aun así
niños.
¿Qué especie es ésta, me pregunté, que daña
de tal forma a sus propios hijos?
Cuando acabó el partido, nos fuimos del
campo, riéndonos y agotados. Stubbins me
agradeció que me uniese a ellos.
—De nada —le dije—. Eres un buen jugador,
Stubbins. Quizá debías haber sido
profesional.
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