Page 85 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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Y así seguimos. El Morlock señalaba cosas
comunes —ropas, partes del cuerpo como la
cabeza o los brazos— y proponía una palabra.
Algunos intentos me eran irreconocibles y otras
parecían alemán o inglés antiguo.
Yo le respondía con la palabra moderna. Una o
dos veces intenté establecer una conversación más
larga —ya que no veía cómo ese simple registro de
nombres iba a llevarnos muy lejos—, pero se
quedaba quieto hasta que me callaba y luego
continuábamos con el paciente juego de
emparejamientos. Probé con él lo que recordaba de
la lengua de Weena, esa lengua melódica y
simplificada de frases de dos palabras; pero
nuevamente el Morlock se quedó quieto hasta que
me cansé.
Así estuvimos varias horas. Finalmente, sin
ceremonia, el Morlock se fue; un camino hacia la
oscuridad. No le seguí (¡todavía no!, me dije). Comí
y dormí, y cuando desperté volvió para continuar
nuestras lecciones.
Al caminar alrededor de mi prisión de luz,
señalando y nombrando objetos, sus movimientos
eran fluidos y graciosos, y su cuerpo parecía
expresivo; pero llegué a darme cuenta de lo mucho
que uno depende, en el contacto diario, de la
interpretación de los movimientos del interlocutor.
No podía leer al Morlock de ninguna forma. Me
era imposible saber qué pensaba o sentía—¿me
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