Page 80 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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vacilando ante aquel obstáculo final; luego,
deliberadamente, la tragué.
Unos minutos después no había sufrido ningún
efecto pernicioso que pudiese detectar, y tomé
algo más de agua. Mojé también la punta del
pañuelo en el tazón y me limpié manos y frente.
Me volví hacia la comida. Cogí una tableta
verdosa. Mordisqueé una esquina: se rompió con
facilidad, era verde también en su interior, y se
desmigajó un poco como el queso Cheddar. Los
dientes se hundieron con facilidad en su sustancia.
En lo que respecta al sabor: si alguna vez han
comido una verdura, digamos brécol o col,
hervida a un paso de la desintegración, entonces
reconocerán más o menos el sabor; ¡los miembros
de los clubes londinenses peor equipados
reconocerán los síntomas! Aun así, me comí la
mitad de la tableta. Luego cogí otras tabletas para
probarlas; y aunque su color difería su textura y
sabor no se diferenciaban demasiado.
No necesité demasiada cantidad de ese alimento
para satisfacerme, y arrojé los fragmentos en la
bandeja y la aparté.
Me senté en el suelo y miré a la oscuridad. Me
sentí agradecido de que los Morlocks me hubiesen
dado al menos esa iluminación, ya que suponía
que si me hubiesen depositado sobre una
superficie desnuda y vacía en medio de una
oscuridad sólo rota por la luz de las estrellas
debajo de mí, creo que me habría vuelto loco. Aun
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