Page 213 - Hijos del dios binario - David B Gil
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delimitaba  los  terrenos.  No  había  ni  verjas  ni


           alambrada  que  permitieran  echar  un  vistazo,  ni


           timbre  ni  caseta  del  guardia.  Sobre  la  puerta


           cerrada,  siguiendo  el  arco  que  formaban  las  dos



           hojas  de  hierro,  unas  letras  indicaban  el  lugar  al


           que  se  acababa  de  llegar:  «Bienvenido  a  St.


           Martha», se leía, recortado contra el cielo gris. Pero


           el  visitante  no  podía  sino  recelar  de  aquella


           bienvenida.  Sellada  y  silenciosa  como  una  vieja


           tumba, St. Martha no parecía saludar la llegada de


           nadie.



                  Se  alejó  unos  pasos  de  la  entrada  para  ganar


           algo de perspectiva, por si se le había pasado por


           alto  algún  detalle,  quizás  una  cámara  que


           advirtiera de la llegada de invitados, quizás alguna


           especie de llamador. No había nada. Las altas hojas


           de  hierro  ni  siquiera  tenían  cerradura.  Volvió  a


           acercarse  e  intentó  vislumbrar  algo  entre  las


           bisagras clavadas al muro de ladrillos grises, pero


           apenas pudo discernir la mancha verde del césped



           que  flanqueaba  el  camino  al  otro  lado.  La


           sobrecogió  aquella  calma  absoluta  que  perforaba


           los tímpanos.


                  Regresó  al  coche  un  tanto  desanimada  y  se


           sentó sobre el capó para meditar. La llovizna había


           cesado y las nubes tuvieron la cortesía de apartarse




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