Page 387 - Hijos del dios binario - David B Gil
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nevadas.  Se  convenció  de  que  su  obligación  era


           llegar  lo  más  lejos  posible,  así  que  apretó  los


           dientes y comenzó a descender por la otra cara de


           la duna. Sin embargo, la arena se desmoronó bajo



           sus pies y se encontró rodando pendiente abajo.


                  »Tras  muchas  vueltas  quedó  tendido  mirando


           hacia  el  cielo.  Quiso  rendirse  y  dejarse  morir  allí,


           que la arena y el tiempo le arrancaran la carne de


           los huesos hasta no ser más que marfil blanqueado


           por  el  sol,  y  mucho  después,  una  nube  de  polvo


           blanco  que  el  viento  arrastraría  de  regreso  a  su



           poblado. Pero por alguna extraña razón, su báculo


           se deslizó entre sus dedos, cerró su puño y tiró de


           él hasta que se puso en pie. Había encontrado un


           último pozo de voluntad que nunca habría creído


           posible, uno al que pocos hombres deben recurrir


           en su vida.


                  »Y  así,  pese  a  saber  que  todo  era  en  vano,  se


           obligó  a  seguir  adelante.  Caía  la  tarde  cuando  las


           primeras ráfagas de viento le azotaron la espalda;



           al poco, la arena le mordió la piel con despiadadas


           dentelladas, y Relator se obligó a mirar atrás para


           corroborar  lo  que  ya  se  temía:  una  tormenta  se


           abatía sobre él. No lloró ni gritó desesperado ante


           la más atroz de las muertes que uno puede sufrir


           en el desierto; en su lugar, miró al monstruo a los




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