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KABASH

sesar.
Sabemos que cada energía posee una frecuencia que produce una determinada coloración. Así el aura
emana diferentes colores que solo podemos percibir a través del “tercer ojo”, que corresponde a la
glándula pineal, ese “portal” que se abre para otra dimensión de vida y puede captar aquello que está
más allá de los cinco sentidos básicos. Podríamos entender al “tercer ojo” como la sede de nuestro
“sexto sentido”.
Una de las grandes bellezas de la vida mística es poder “ver a través del tercer ojo”; ese ojo invisible que
se proyecta de nuestra frente y que busca una verdad desconocida para el intelecto y para la razón.
En el Antiguo Egipto, los sacerdotes realizaban intensas prácticas de desarrollo de sensibilidad mística
para que pudieses visualizar el aura a través del “tercer ojo”. De hecho esa civilización fue una de las que
mayor importancia dio al tema energía. Sin duda tuvieron un profundo conocimiento sobre cómo
generar y conservar la energía vital. Sabemos de momias de hace más de 3000 años conservaban en su
piel el aura y que semillas que fueron encontradas en las pirámides germinaron después de 30 siglos.
En aquella época conocían los “mapas” del cuerpo humano en los que se localizaban los diversos centros
energéticos y diferenciaban los distintos niveles de aura humana correspondientes a los conceptos de
Guf (cuerpo, energía vital), Ba (mente, energía espiritual –relativa a la energía anímica y afectiva) y Ka
(alma, energía astral). Sabían que la enfermedad se refleja en una diferencia en el aura; incluso con
alteración de sus colores; cuando un órgano no funciona bien es porque se alteró su equilibrio
energético lo que se manifiesta en el campo de energía de ese órgano. En este caso hay un aumento de
intensidad de luz en el punto correspondiente a ese órgano en el aura, pues en ese estado hay una
mayor desintegración ya que las celulares mueren con mayor rapidez.
Solamente interpretando los colores del aura, los sacerdotes médicos podían llegar a detectar una
enfermedad que la persona aún no sabía que tenía o un futuro dolor que aún no se había manifestado.
De la misma forma, sabían que el aura reflejaba los diferentes estados de ánimo en que vivía la persona:
su nivel de estrés, su agotamiento físico, sus desilusiones afectivas, su desequilibrio emocional y
psíquico.
A partir de este diagnóstico, aquellos antiguos sabios, mediantes los mapas arriba citados, transmitían
energía vital a las personas a través de las “Agujas Sagradas” o de las propias manos. Entendían que la
fuerza del creador también estaba en sus manos. Al tocar a una persona con un profundo sentimiento y
deseo de curar, concentrándose en una “Palabra Sagrada” o Dabraká, podían unirse a la gran energía
cósmica, la fuerza vital que existe en todos los seres o elementos de nuestro universo. Así lograban
ayudar a las personas a superar un desequilibrio o un problema ya sea físico, psíquico o espiritual.
Enseñaban prácticas para que la propia persona supiese cómo mantener su energía vital que podría
canalizar para cumplir sus metas de vida. También decían que para el equilibro del campo bioenergético
es indispensable estar en contacto con la tierra y con los demás elementos de la naturaleza,
fundamentales para la vida en nuestro planeta. Además, entendían que el amor es el gran cimiento que
une las auras de los seres humanos, siendo una gran fuente de energía y vitalidad.

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