Page 139 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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moverse demasiado para no romper a sudar. Algunos,

            a  falta  de  otra  cosa  mejor  que  hacer,  se  dedicaban  a


            observar  y  comentar  la  extravagante  conducta  de

            Euctemón.


                  La víspera, al llegar al campamento después de la


            instrucción de combate, en vez de cenar y beber vino

            como  sus  camaradas,  el  joven  ateniense  se  había

            apartado de los demás y se había sentado en una piedra


            situada  no  muy  lejos  del  altar  que  los  mercenarios

            habían levantado en honor a Atenea. Desde entonces

            no hacía otra cosa que moverse adelante y atrás con los


            brazos  cruzados  en  el  monótono  vaivén  que

            acompañaba  a  sus  procesos  mentales.  Cuando  se  le

            ocurría algo, se agachaba para escribir y dibujar con un


            palo afilado en la tierra que él mismo humedecía cada

            poco rato de modo que estuviese más compacta. De vez


            en cuando tomaba un rollo de lino, lo desplegaba sobre

            sus rodillas, pegaba la cara a menos de un palmo de él

            y escribía con un cálamo en una caligrafía minúscula y


            prieta como un desfile de hormigas. Eso sólo lo hacía

            cuando  estaba  muy  seguro  de  lo  que  iba  a  apuntar,


            porque  la  tinta  que  usaba  era  cara  y  había  que

            economizarla; a cambio, no se corría apenas, requisito

            imprescindible dado que el joven ateniense era zurdo


            y conforme escribía su mano iba resbalando sobre las

            letras recién trazadas.




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