Page 279 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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empezaba a levantarse sobre la línea quebrada de los
montes.
Euctemón le miró a los ojos con un esfuerzo, pero
enseguida apartó la vista. Entonces reparó en que,
además de la mesa de la cena, había otra más pequeña
alumbrada por dos candelabros de bronce. En ella, un
hombre calvo y enjuto tomaba notas mientras su joven
ayudante se dedicaba a enrollar y desenrollar mapas,
acercarle tinteros, plumas y compases y lastrar las
esquinas de los papiros con pesos de plomo para que
no se volaran. Euctemón se acercó atraído por los
mapas.
—Eute, no —susurró Demetrio, tratando de
detenerlo. Pero Alejandro le puso una mano en el
hombro.
—Déjalo. Los que están tocados por los dioses
pueden hacer lo que quieran. ¿Sabes?, tu hermano me
recuerda un poco a Diógenes.
Demetrio se volvió hacia Alejandro, y por encima
del hombro de éste captó la mirada hostil de Lisanias.
Sabía lo que significaba, porque también sabía lo que
significaba la sonrisa del rey. Desde que era niño y
entrenaba en el gimnasio a las órdenes del
paipaiotribes le habían salido muchos pretendientes
entre los adultos, y en el campamento de la efebía un
oficial había amenazado con suicidarse si no le daba al
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