Page 275 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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preocupaba  que  pudiera  volver  a  las  andadas.  Sólo

            Lisanias  sabía  que  tenía  sus  razones,  pues  el  vino  le


            ayudaba  a  vencer  el  insomnio,  y  si  Alejandro  no

            dormía un poco los dolores de cabeza que lo aquejaban

            desde hacía unos meses se volvían insoportables.



                  Era mal momento para perder a su médico en un

            naufragio.


                  Demetrio  y  su  hermano  llevaban  cuatro  días

            encerrados en una tienda de campaña de oficiales. Era


            espaciosa, y no les faltaba comida ni nada que pidieran,

            incluyendo  la  tinta  y  el  papiro  que  el  rey  le  había

            prometido a Euctemón, pero a cambio no les permitían


            salir. De vez en cuando un hombre calvo de ojos gélidos

            y  labios  apretados  entraba  en  la  tienda,  echaba  un


            vistazo a lo que escribía Euctemón y se iba sin decir

            nada.


                  Ya había anochecido y aún no les habían traído la


            cena.  Euctemón,  que  tenía  una  especie  de  clepsidra

            interior y se inquietaba mucho cuando algo rompía su

            rutina, le preguntaba a cada momento:


                  —¿Cuándo  viene  la  cena?  Es  la  hora  y  no  la  han


            traído.


                  —Yo qué sé, Euctemón. Soy tan prisionero como tú.


                  Cuando  su  hermano  le  había  preguntado  por  la

            cena al menos treinta veces, la cortina de la entrada se




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