Page 278 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cohibido. Aquellos dos generales eran leyendas vivas,

            casi  dioses  para  el  vulgo,  por  no  hablar  del  propio


            Alejandro;  era  como  si  de  repente  las  estatuas  del

            Partenón  hubieran  bajado  de  los  frontones  para

            conversar con él. Por otra parte, no se comportaban de


            la  forma  rústica  con  que  los  caricaturizaba

            Demóstenes,  quien  prácticamente  afirmaba  de  ellos


            que se hurgaban las narices y ventoseaban en público.

            Al  contrario,  Alejandro  y  aquellos  dos  generales

            actuaban  con  suma  elegancia  y  usaban  un  griego


            común tan correcto o más que el que se escuchaba en

            el Ágora.


                  Mientras  hablaban,  apareció  en  la  azotea  el

            misterioso personaje que se había dedicado a entrar a


            verlos  a  la  tienda  sin  decir  nada.  Alejandro  se  lo

            presentó  como  Eumenes  de  Cardia,  y  Demetrio


            recordó  que  se  trataba  del  secretario  del  rey;  si

            Alejandro  era  el  corazón  del  ejército  acampado  en

            Posidonia, todo el mundo sabía que Eumenes era su


            cerebro.


                  Tras recordarles a todos que podían tomar lo que

            quisieran  de  la  mesa  donde  estaba  servida  la  cena,


            Alejandro se volvió hacia Euctemón y le dijo:


                  —Zeus nos ha sido benévolo y ha limpiado el cielo

            para  que  podamos  contemplar  a  Urano.  Mira  allí  —

            añadió  señalando  hacia  el  este,  donde  la  luna  llena



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