Page 274 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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hundido.
Pero Lisanias sabía que el rey estaba perdiendo las
esperanzas. Cuatro días antes habían llegado las
primeras naves de la pequeña flota que escoltaba a la
Anfitrite, y desde entonces habían ido arribando
desperdigadas, ya fuera en solitario o en grupos de dos
o tres barcos. La víspera, al atardecer, había aparecido
la última superviviente, una quinquerreme que venía
en un estado lastimoso. Después de eso, ninguna más.
—Néstor es un hombre con suerte —insistió
Alejandro—. Seguro que le ha contagiado su buena
fortuna a la Anfitrite. Volverá. Ahora hablemos de
otras cosas —añadió, tomando a Pérdicas del codo—.
Ven, quédate a cenar con nosotros.
El rey llevó a su cuñado junto a una mesa en la que
los sirvientes habían colocado bandejas con frutas,
tajadas de asado frío, quesos de cabra y de oveja y
aceitunas y boquerones en vinagre. —¿Una cena
informal? —preguntó Pérdicas.
—En realidad, una noche de observación
astronómica —respondió Alejandro, llenándole la copa
de vino. Después hizo lo mismo con la suya. Su cuñado
se le quedó mirando, pero no dijo nada. Lisanias sabía
lo que estaba pensando Pérdicas. Alejandro ha vuelto
a beber. El vino de la cratera tenía tres cuartas partes de
agua y el rey lo bebía con moderación, pero a todos les
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