Page 277 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sus caballos, pues aparecían en casi todas las escenas,

            ya fueran de guerra, de caza o de carreras de cuadrigas.


                  En  el  patio  reinaba  mucho  ajetreo.  Alguien


            importante debía haber llegado, porque los sirvientes

            se afanaban trajinando baúles y muebles de un lado a


            otro.


                  —La esposa del rey —les dijo uno de los guardias.

            Demetrio  pensó  que  era  una  buena  señal.  Si

            compartían información con ellos, no debían tener la


            orden de clavarles una espada en los riñones al doblar

            una esquina.


                  —¿Cuál de ellas? —preguntó.


                  El guardia, que no era mucho mayor que Demetrio,


            hizo un gesto en el aire para contornear una sinuosa

            silueta femenina.


                  —La mejor de todas. No la conocía, pero te aseguro


            que no había visto una hembra como ésa en mi vida.


                  Subieron por una escalera de madera y llegaron a

            un amplio terrado iluminado por antorchas de resina

            aromática.              Allí        estaba          el       propio           Alejandro,


            acompañado por su inseparable Lisanias. De los otros

            dos  personajes  que  hablaban  con  él,  Demetrio


            reconoció a Peucestas, comandante de los hipaspistas.

            Tras despedir a los guardias, el rey les presentó al otro

            como  Pérdicas.  Demetrio  se  sentía  cada  vez  más




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