Page 354 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Demetrio seguía intrigado; el relato de la mujer era tan
vívido como si ella misma hubiera formado en las filas
de la falange aquel día.
—Así que allí estábamos —prosiguió—, con la
lluvia repiqueteando en nuestros yelmos como en un
orinal, los pies hundidos en el fango, las corazas de lino
absorbiendo cada vez más agua como si no pesaran ya
bastante, y viendo además cómo esos demonios que
nos habían hecho la vida imposible durante meses se
burlaban de nosotros desde allí arriba. Y pensábamos
que Alejandro no nos dejaba cargar sólo porque en
medio había una ciénaga que cubría hasta las rodillas
y luego había que atacar cuesta arriba. No, eso no nos
convencía, así que se empezaron a oír gritos de:
«¡Carga! ¡Carga! ¡Carga!». Llevábamos allí un rato sin
saber nada de Alejandro, y los hombres estaban cada
vez más nerviosos y algunos amenazaban con romper
la fila. Entonces se produjo un movimiento en la
compañía Hécate, que era la segunda, y sus jefes de
pelotón, que estaban en la primera fila, arrancaron a
correr hacia la colina. Pensando que tenía que elegir
entre una desbandada o un ataque organizado, Gorgo
ordenó al cometa que tocara primero embrazar y
después paso ligero. Todo el primer batallón entonó el
peán, y entonces cruzamos la ciénaga y cargamos
cuesta arriba contra los bárbaros, que no se podían
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