Page 437 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Vuelve a sacarlo, Peucestas —dijo Eumenes.
El general de los hipaspistas agarró el escudo con la
mano izquierda, pero cuando usó la derecha para tirar
del asta, la punta del venablo se quedó atascada en la
madera. Volvió a intentarlo con más fuerza, pero fue en
vano. Impacientándose por momentos, apoyó el
escudo en el suelo, le plantó los pies encima y dio un
tirón con ambas manos, con tanta violencia que abrió
un boquete en las chapas de roble y el impulso le hizo
caer sentado en el suelo.
Hubo una carcajada general que Peucestas se tomó
de buen humor. El único que ni siquiera sonrió fue, de
nuevo, Alejandro, que seguía observándolo todo con la
cabeza ladeada en su gesto típico. Al lado tenía una
jarra de oro y una copa de la que bebía de vez en
cuando; Pérdicas no alcanzaba a ver si era vino o agua.
El único que debía saberlo era Lisanias, ya que el joven
guardia siempre probaba primero todo lo que comía o
bebía Alejandro, y en dosis generosas para evitar
nuevos envenenamientos.
Ese pensamiento le hizo acordarse de Roxana. El
estómago de Pérdicas se encogió de nuevo. Por las tres
Erinias, ¿cómo podía provocarle tanto miedo una
mujer?
—Es un arma diabólica —dijo Peucestas,
levantándose del suelo—. ¿Podríamos armar a
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