Page 436 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 436

Mientras los generales se iban pasando la jabalina,

            Eumenes  salió  al  exterior  de  la  tienda  y  volvió


            acompañado de dos pajes que traían un escudo de gran

            tamaño.  Les  ordenó  que  lo  sujetaran  entre  ambos  y

            pidió a Antígenes que le devolviera el arma. Después


            la  blandió  en  alto  y  se  dispuso  a  lanzarla  contra  el

            escudo,  pero  Peucestas  se  acercó  a  él  y  le  agarró  la


            muñeca.


                  —Admiro  tu  inteligencia,  mi  querido  Eumenes,

            pero deja que juguemos a la guerra los que sabemos.


                  Durante un segundo el rostro del secretario real se

            contrajo en un rictus de ira que a Pérdicas casi se le


            antojó  de  odio,  pero  aquel  gesto  fue  breve  como  un

            relámpago.  Eumenes  recobró  su  compostura,  le


            entregó el venablo a Peucestas y se apartó.


                  Peucestas alzó el brazo, tomó puntería y disparó sin

            tomar impulso. El proyectil silbó en el aire y se clavó


            en el escudo con un seco chasquido. Pérdicas sonrió al

            ver que uno de los pajes había cerrado los ojos antes del

            impacto.  Con  tan  poco  temple,  ese  muchacho  no


            llegaría lejos.


                  Los  pajes  se  acercaron  con  el  escudo.  Todos

            pudieron ver que la jabalina había atravesado las tres

            capas  de  roble  y  que  el  hierro  asomaba  más  de  dos


            palmos por el interior.





                                                              436
   431   432   433   434   435   436   437   438   439   440   441