Page 554 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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su bastón, estaba el fulgurator. Era un anciano etrusco
al que habían hecho venir de Vulci porque, aparte de
interpretar la voluntad de los dioses observando los
rayos que caían del cielo, también era ducho en
astronomía. Ocho días antes habían vuelto a llover
piedras de fuego, esta vez sobre Veyes, y una de ellas
había destrozado el templo de Cels, la diosa de la tierra.
Algunos sabios opinaban que esas piedras eran
fragmentos de Tinia, el gran cometa.
Gayo Julio volvió la mirada hacia el este. Allí se
vislumbraba la cabeza del cometa, levantándose de
nuevo sobre el horizonte tras siete días perdido en el
inframundo (según la mayoría de los romanos), u
orbitando debajo del hemisferio austral (según los
versados en la ciencia griega). Cuando apareció Tinia,
muchos creían que traería el fin del mundo; ahora
había quienes seguían pensándolo, pero la mayoría de
la gente se había acostumbrado a vivir con él.
—Hoy hay poco que observar en el cielo, ¿eh,
anciano? —preguntó Imperioso con una sonrisa
malévola. Los etruscos le caían tan mal como los
griegos, los samnitas, los celtas y los garamantas,
aunque a éstos sólo los conocía de oídas.
—El cielo está nublado hoy —respondió el
fulgurator con su fuerte acento—. Pero no lo estuvo
anoche y mis ojos —añadió señalándoselos— vieron
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