Page 612 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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no alimentar nuevas bocas, o simplemente porque les

            apetecía  darse  placer,  ¿qué  derecho  tenían  a  exigir


            fidelidad y castidad a sus esposas? Además, ella le era

            indiferente a Alejandro, como bien había comprobado.

            ¿Qué esperaban? ¿Que se quedara en casa tejiendo un


            sudario como una nueva Penélope mientras aguardaba

            el  regreso  de  un  Ulises  que  jamás  volvería,  porque


            jamás había llegado a estar?


                  —Prueba  esto  —le  ofreció  Gayo  Julio—.  Es  un

            pastelillo  de  frutos  secos  y  miel.  También  tiene

            adormidera —añadió en voz baja.


                  Ella  lo  mordisqueó,  tapando  una  sonrisa  con  el


            propio pastelillo. La halagaban las atenciones de Gayo

            Julio. ¿Qué mal había en coquetear con aquel hombre


            tan apuesto, si al día siguiente ella iba a marcharse de

            Roma? Valeria, la esposa de Gayo, que estaba sentada

            entre matronas que la doblaban en edad, la miró con


            gesto hostil. Le daba igual. A quien quería enojar era a

            Néstor. Pero el médico estaba en un rincón más oscuro,


            apoyado en una columna mientras escuchaba o fingía

            escuchar a un joven romano que se había pegado a él y

            no paraba de hablar.


                  Aquel joven, un tal Clodio, se declaraba amante de


            la  cultura  griega  y  había  leído  a  Hipócrates.  Al

            enterarse  de  que  Néstor  era  médico  manifestó  su

            entusiasmo, pero después, en vez de hacerle preguntas



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