Page 610 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 610
serlo. Desde aquel momento de debilidad, Néstor se las
había arreglado para no volver a verla a solas. Aunque
de noche, en su cama, se acordaba de su cuerpo
desnudo y el corazón se le aceleraba, de pronto el
rostro de Alejandro se aparecía ante él y toda excitación
se esfumaba por ensalmo.
—¿Setas, señor? —le preguntó un esclavo.
Néstor las rechazó. Ver y oler tanta comida le estaba
quitando el apetito. ¿O era porque en breve tendría que
mirar a la cara a Alejandro? Había pinchos de cordero,
y chuletas y costillas de cabrito con hinojo y romero.
Lomos de buey. Gallinas cocidas en vino. Tordos
guisados en una densa cocción de vinagre, pasas,
aceite, vino del Lacio, pimienta, menta y miel. Tripas
rellenas de carne picada, cebolla, queso y pimienta. Un
plato al que llamaban «cazuela de rosa», que consistía
en sesos de cerdo y de ave mezclados con pétalos de
rosa, cocidos y triturados en un almirez. Matrices de
cerda condimentadas con vinagre, comino y silfo
traído de Cirene, ciudad que ahora pertenecía a
Alejandro.
—Sólo son de cerdas que han abortado —le informó
uno de los criados.
—Mmm. Eso debe hacerlas más exquisitas.
—Sí, señor. ¿Quieres probarlas?
610

