Page 607 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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DE PATRICIOS Y PLEBEYOS


                  La fiesta era un éxito. Escipión, como buen amante

            de  la  cultura  griega,  había  reunido  a  amigos  de  sus


            mismas aficiones, y en su lujoso peristilo se veían más

            mejillas rasuradas que rostros barbudos. Pese a lo que


            había  visto  Néstor  unos  días  antes,  el  pretor  había

            decidido reservar una estancia con sus frescos intactos.

            Ni siquiera un romano podía tener el corazón tan duro


            como para taparlos con yeso, pues los había pintado el

            gran  Antífilo,  un  artista  griego  que  había  llegado  a

            trabajar para el propio Filipo. En las tres paredes de la


            sala  se  representaban  amoríos  de  Zeus,  Apolo  y

            Dioniso  sobre  maravillosos  paisajes  de  viñedos  y

            olivares, con un mar al fondo en el que se divisaba un


            barco; si uno se acercaba lo bastante, descubría que era

            la nave de Ulises, rodeada por las aladas sirenas. Entre

            unas  escenas  y  otras,  se  veían  bastantes  figuras


            desnudas  de  ambos  sexos  que  hacían  sonrojarse  y

            soltar risitas sofocadas a las matronas y doncellas que


            entraban a admirar las pinturas.


                  Salvo  aquel  detalle  que  sazonaba  de  picardía  la

            reunión,  se  trataba  de  una  cena  decente,  no  de  un


            simposio de varones. No había triclinios, sino bancos y

            taburetes, y en vez de hermosas flautistas con peplos

            transparentes, la música la ponía un cuarteto etrusco.


            Los  esclavos  de  Escipión  habían  dispuesto  varias



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