Page 63 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Nearco y Seleuco habían acercado a rastras.


                  —¿Qué ha bebido el rey? —preguntó Néstor.


                  —Lo  último  ha  sido  la  copa  de  Heracles  —dijo


            Ptolomeo.


                  Lisanias se adelantó a los demás y corrió hacia la

            mesa  donde  descansaba  el  cántaro.  Cuando  se  la

            entregó a Néstor, éste la olió sin decir nada; después


            metió  un  dedo,  lo  sacó  untado  en  vino  y  posos  y  lo

            chupó. Con un rictus de desagrado, volvió a escupir en

            la copa y se la devolvió al paje.



                  —¿Veneno? —preguntó Ptolomeo.


                  Néstor asintió. A Pérdicas le resultaba cada vez más

            odioso:  los  miraba  a  todos  fijamente  a  los  ojos,  sin


            apartar  la  mirada  cuando  el  decoro  lo  exigía  sino

            cuando a él le parecía conveniente.


                  El médico pidió a los pajes la bolsa de viaje que le

            habían requisado. Se la trajeron, y él la abrió sobre el


            diván.


                  —¡Por  favor,  señores!  —exclamó  el  médico,

            abriendo  los  brazos  para  despejar  un  círculo  a  su


            alrededor.


                  La estatura, la voz grave y la mirada de esos ojos tan

            claros  le  conferían  tal  autoridad  que  los  grandes


            generales del imperio se apartaron ante aquel hombre

            vestido con una tánica sucia y deshilachada. El médico


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