Page 64 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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desenvolvió un lienzo en el que guardaba un polvo
negro, tal vez carbón; con una cuchara tomó cierta
cantidad, la vertió en un frasco que contenía un líquido
blanco y agitó la mezcla con fuerza.
Ahora todos, invitados, pajes y hasta las hetairas y
las flautistas, formaban un corrillo tan apretado
alrededor que Pérdicas casi cayó sobre Alejandro. El
rey seguía arrugado sobre sí mismo, tenía el rostro
empapado en sudor y le temblaban las manos, aunque
se estaba mordiendo los labios para no gritar. Ptolomeo
le besó en la frente y le apretó con fuerza una mano.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Y no era el único,
comprobó Pérdicas. Tengo que hacer algo para que
vean que no he sido yo, se dijo.
—¡Fuera todo el mundo de aquí! —rugió Peucestas,
dirigiéndose a las mujeres.
—No, espera un momento —dijo Pérdicas,
volviéndose sobre los talones para recorrer con la
mirada la sala. En voz bien alta, para que todos le
oyeran, preguntó—: ¿Dónde está la esclava que le trajo
la copa al rey?
El mayordomo babilonio, un hombre de ojos
saltones que hasta entonces había estado medio
agazapado tras una columna, se acercó a él arrastrando
los pies y juntando las manos.
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