Page 60 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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semanas  los  augurios  habían  sido  malos.  Los

            sacerdotes  caldeos  le  habían  advertido  de  que  era


            mejor que no entrara en Babilonia, y cuando el adivino

            Pitágoras  sacrificó  una  bestia  todos  vieron  que  a  su

            hígado  le  faltaba  un  lóbulo.  Días  después,  mientras


            Alejandro  recorría  en  su  trirreme  las  marismas  que

            rodeaban la ciudad, el viento le arrebató la diadema


            real. Un marinero se zambulló para recuperarla, pero

            como no era capaz de nadar sin las manos libres se la

            tuvo que poner en la cabeza antes de subir a la nave.


            Alejandro  recompensó  su  servicio  con  una  bolsa  de

            dáricos  de  oro  y  castigó  la  insolencia  de  usurpar  un

            símbolo real con quince azotes.


                  El último presagio había sido el más ominoso: un


            individuo había aprovechado que Alejandro jugaba a

            la pelota en el patio para sentarse en el trono real que


            perteneció a Darío. El propio Pérdicas se encargó de

            torturarlo para averiguar si obedecía a alguna conjura,

            y el tormento se le fue de la mano tan rápido que el


            pobre diablo murió sin decir gran cosa. Pues Pérdicas

            sospechaba que era Roxana quien se escondía detrás de


            aquel acto inexplicable, y no quería que nadie llegara a

            saberlo.


                  Demasiadas  señales  de  los  dioses  como  para

            despreciar ésta. El oráculo te manda un mensajero para


            avisarte de tu propia muerte, ¡oh rey!, pensó Pérdicas.



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