Page 59 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Era Alejandro. Se estaba apoyando en él con fuerza. Lo
extraño, pensó, era que se mantuviera de pie después
de todo el vino que había trasegado de una sentada.
Por los perros de Hécate, ¿cuándo empezaría a hacer
efecto la vishamushti?
Paciencia, se dijo. Se trataba de que pareciera una
enfermedad, no un envenenamiento.
—¿Qué puede haber tan urgente para molestarme
cuando estoy con mis amigos?
—Ese hombre dice que lo envía Apolo —explicó
Cares, titubeante—. Según él, viene directo del oráculo
de Delfos con un mensaje para ti.
—En ese caso, recibiré mañana el recado de mi
divino hermano.
Peucestas, que también había acudido a la puerta,
se volvió escandalizado hacia Alejandro. Aunque de
todos los Compañeros era el que más adoraba al rey, y
sería capaz de besar sus huellas en el barro, aquella
muestra de hybris no podía dejar indiferente a un
hombre que sentía pavor por los dioses y los dáimones.
—Presiento que es importante, Alejandro —le
dijo—. Cuando se ha levantado esa racha de viento he
pensado que era un presagio. Sea quien sea ese
visitante, creo que lo envían los dioses.
A Alejandro se le demudó el gesto. En las últimas
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