Page 61 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Haced  pasar  a  ese  enviado  —dijo  por  fin

            Alejandro.


                  Cares se echó a un lado y los pajes apartaron las


            lanzas,  abriendo  un  pasillo  para  el  desconocido.  Un

            hombre se adelantó hacia la puerta.


                  —Lo hemos registrado y no lleva armas, Alejandro


            —dijo Cares.


                  El  hombre  entró  en  la  sala.  Era  alto;  le  sacaba  a

            Alejandro la cabeza, y a Pérdicas sus buenos cinco o

            seis dedos. Traía ropas raídas de viajero y sus sandalias


            dejaban en el suelo manchas del polvo del camino. Era

            un tipo delgado, con el rostro afilado, el pelo pajizo y


            la  barba  corta.  Sus  ojos  eran  lo  que  más  llamaba  la

            atención: eran de un azul muy claro, casi transparente,

            de un tono que rara vez se veía entre los griegos.



                  —¿Quién eres, viajero? —preguntó Alejandro.


                  —Me  llamo  Néstor,  ¡oh  rey!  —respondió  él,

            saludándole con una brevísima inclinación de la cabeza

            y sin dejar de mirarle a los ojos.


                  —¿Néstor hijo de quién? ¿Cuál es tu ciudad?



                  —Néstor,  oh  rey.  No  recuerdo  el  nombre  de  mi

            padre ni el de mi madre, ni tampoco el de mi ciudad.

            Sólo  sé  que  soy  médico  y  que  el  oráculo  me  ha


            mandado aquí para curarte.


                  El hombre usaba la koiné, el dialecto ateniense que


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