Page 79 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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bailaban  en  su  cabeza.  El  aire  del  camarote  era

            sofocante,  aunque  la  ventanilla  estaba  abierta.  Cerró


            primero el políptico y después enrolló el papiro para

            guardar ambos en el mismo arcón donde llevaba sus

            lecturas para Posidonia. Por insistencia de su padre, se


            había  llevado  a  los  autores  sicilianos  más  célebres:

            Filisto, Córax y el pesado de Gorgias, ese sofista que


            había vivido más de cien años y cuyos discursos había

            tenido que estudiar mil veces. A Clea sólo le gustaba el

            Encomio  de  Helena,  sobre  todo  cuando  Gorgias


            disculpaba a la heroína por dejarse llevar a Troya: «Si

            Amor es un dios y tiene el poder divino de los dioses,

            ¿cómo  podría  rechazarlo  un  ser  inferior?  Mas  si  es


            enfermedad humana y debilidad de la mente, no debe

            ser  censurado  como  pecado,  sino  disculpado  como

            infortunio».  Clea,  sin  saberlo,  era  una  víctima  de  la


            enfermedad  de  Eros.  Pero  no  estaba  enamorada  de

            nadie en concreto, ni siquiera del marido con el que iba


            a  reunirse  en  breve.  No,  ella  estaba  enamorada  del

            amor.


                  Cerró el arcón de golpe y se levantó para dar un


            paseo.  Por  supuesto,  era  impensable  salir  sola  del

            camarote. Al ver que abría la puerta, Ada, su nueva

            dama  de  compañía  macedonia,  se  lanzó  tras  ella.  Y


            detrás  de  Ada  se  apresuraron  a  acudir  dos  esclavas

            más, y también seis escoltas de la guardia de su padre,




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