Page 80 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sículos y dorios grandes como baúles que caminaban
con la barbilla tiesa y mirada desafiante cada vez que
se cruzaban con un soldado macedonio.
Cuando salió a la cubierta, Clea levantó la mirada.
Casi se mareó al ver la altura del palo mayor, más de
cien codos hasta la punta donde ondeaba el gallardete
con la estrella de los Argéadas, la dinastía macedonia.
Instintivamente, estiró la mano para apoyarse en Ada
y alargó la mirada hacia delante, buscando la proa de
estribor. Aún no se había mareado, pero no las tenía
todas consigo.
A bordo de la Anfitrite viajaban casi dos mil
personas entre remeros, soldados, tripulantes y
pasajeros. No era extraño que la cubierta estuviese
atestada y que tuvieran que avanzar poco a poco
sorteando gente para llegar hasta la proa. Los soldados
procuraban apiñarse cerca de las bordas para no
tropezar con los marineros que se afanaban en sus
tareas. Viajaban en el barco más de quinientos hoplitas
repartidos en dos compañías de infantería de sarisas; lo
que, con los arqueros y los encargados de las diez
catapultas, sumaba más de seiscientos soldados. Ahora
que la situación de Siracusa parecía estabilizada,
aquellas tropas volvían a Posidonia, la nueva base de
operaciones de Alejandro para su asalto a Campania;
la región más fértil de Italia, y la misma que los
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