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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
Todos tenían el mismo destino: el timón. Ender sabía
cómo percibían ese lugar. Era el trabajo más vital de toda
la colonia. Al margen de lo que hiciera la reina en cada
momento, algún zángano siempre miraba por los ojos de
la obrera que estaba sentada al timón, observando sus
decisiones, sus actos. Siempre había un zángano que
participaba en la conducción de la nave, en la salud de la
nave.
Ender reparó en algo y tiritó. Así como los zánganos
tenían su mente autónoma, independiente de la mente de
la reina aunque estuvieran estrechamente ligados, la
obrera fórmica de los controles también tenía su mente
autónoma, su propia voluntad. Ella pilotaba la nave. La
Reina Colmena había impartido una orden (una imagen
de lo que quería) pero la obrera realizaba la tarea por su
cuenta. Entendía la tarea. Los zánganos no la controlaban;
estaban dentro de su mente y observaban, y a veces
hacían sugerencias, pero era ella quien lo hacía.
Las obreras fórmicas no eran meras extensiones de la
mente de la reina. La potente mente de la reina prevalecía,
y no tenían más opción que obedecer. Y cuando la Reina
Colmena no prestaba atención a la piloto fórmica, algún
zángano vigilaba.
¿Por qué? Porque la Reina Colmena lo deseaba.
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