Page 102 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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El Reloj y el Gallito se había desbordado de sus puertas.
Las mesas y las linternas de colores cubrían la calle frente al
canal que separaba los Campos Salacus de Sanvino. El
entrechocar de vasos y el arrullo de la diversión flotaban
sobre los adustos barqueros que negociaban las esclusas,
cabalgando sobre las aguas hacia un nivel superior,
alejándose por el río hasta dejar atrás la bulliciosa posada.
Lin sentía vértigo.
Estaba sentada en la cabecera de una gran mesa bajo una
lámpara violeta, rodeada por sus amigos. Junto a ella, a un
lado, estaba Derkhan Blueday, la crítica de arte del Faro. Al
otro se sentaba Cornfed, gritando animadamente a Brote en
los Muslos, el cacto chelista. Alexandrine, Bellagin Sound,
Tarrick Septimus, Spint el Inoportuno: pintores y poetas,
músicos, escultores y una hueste de aduladores de los que
solo reconocía a la mitad.
Aquel era el territorio de Lin, su mundo. Pero, a pesar de
todo, nunca se había sentido tan aislada de ellos como
entonces.
El saber que había conseguido el trabajo, ese inmenso
encargo con el que todos soñaban, la obra que los haría
felices durante años, la separaba de sus camaradas. Y su
terrorífico mecenas había sellado su soledad de forma eficaz:
Lin se sentía como si de repente, sin previo aviso, estuviera
en un mundo muy distinto de aquel de los Campos Salacus,
lleno de maledicencia, juegos, animación y belleza.
No había visto a ninguno de ellos desde que regresara,
temblorosa, de su extraordinaria reunión en el Barrio Óseo.
Había echado mucho de menos a Isaac, pero sabía que
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