Page 112 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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— ¡Vengan, vengan, vengan a intentarlo, prueben suerte!
— ¡Señoras y señoritas, pidan a sus acompañantes que
ganen un ramo por ustedes!
— ¡Gira la rueda, gira tu mente!
— ¡Su retrato en solo cuatro minutos! ¡No hay otro
retratista más rápido en el mundo!"
— ¡Experimenten el mesmerismo hipnagógico de Sillion
el Extraordinario!
— ¡Tres asaltos, tres guineas! ¡Resistan tres asaltos contra
«Hombre de Hierro» Magus y llévense a casa tres guineas!
¡No se admiten cactos!
El aire de la noche estaba cuajado de ruido. Los retos, los
gritos, las invitaciones, tentaciones y provocaciones
resonaban alrededor del feliz grupo como globos que
estallan. Las luces de gas se mezclaban con productos
químicos selectos que ardían rojos, verdes, azules y
amarillos. La hierba y los senderos de Sobek Croix estaban
pegajosos por la salsa y el azúcar derramados. Las sabandijas
se escabullían por los alrededores de los puestos hacia los
matorrales oscuros del parque y atesoraban bocados furtivos.
Los carteristas y aprovechados se deslizaban depredadores a
través de la multitud, como peces en un banco de algas. A su
paso se alzaban rugidos y gritos violentos.
La muchedumbre era un estofado móvil de vodyanoi,
cactos, khepri y otras especies más raras: hotchi, trancos,
zancudos y otras razas cuyos nombres Isaac no conocía.
A pocos metros fuera de la feria, la oscuridad de la hierba
y los árboles era absoluta. Las zarzas y matojos quedaban
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