Page 117 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Isaac aferró a Derkhan.
—Es un puto mafadet —siseó, atónito. La mujer asintió,
con los ojos abiertos como platos.
La muchedumbre se había retirado de las cercanías de la
jaula. El presentador asió un palo terminado en un garfio y
lo introdujo entre los barrotes, aguijoneando a la enorme
criatura del desierto. El animal respondía con un profundo
rugido siseante, tratando de alcanzar patéticamente a su
atormentador con una enorme zarpa. El cuello se enroscaba
y retorcía con desdicha inconexa.
En los espectadores se produjeron algunos gritos. La gente
se acercaba a la pequeña barrera frente a la jaula.
— ¡Atrás, señoras y señores, atrás, se lo suplico! —La voz
del presentador era pomposa e histriónica—. ¡Están todos
ustedes en peligro de muerte! ¡No enfurezcan a la bestia!
El mafadet siseó de nuevo bajo su continuo tormento. Se
retiró a rastras, alejándose del alcance de la cruel punta.
El asombro de Isaac desaparecía a ojos vista.
El animal, exhausto, se acobardaba en indigna agonía
mientras intentaba alcanzar la parte trasera de la jaula. La
cola pelada golpeaba el hediondo cadáver de una cabra que
presumiblemente había sido su sustento. Tenía el cuerpo
manchado de excrementos y polvo, que se unían a la sangre
que manaba espesa de sus numerosos cortes y llagas.
El cuerpo desparramado sufría convulsiones mientras la
fría y desafilada cabeza se alzaba sobre los poderosos
músculos del cuello de serpiente.
El mafadet siseó y, al verse respondido por la multitud,
abrió las fauces perversas. Trató de desnudar los colmillos.
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