Page 116 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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vista por ojos humanos. O de vodyanoi, o de cactos, o de
quien sea —añadió con voz normal, asintiendo con elegancia
a los pocos xenianos entre la multitud. Regresó a su tono
rimbombante—. Fue descrita por primera vez hace quince
siglos en los apuntes de viaje de Libintos el Docto, en lo que
entonces no era más que la vieja Crobuzon. En sus viajes al
sur de los yermos ardientes, Libintos vio muchas cosas
monstruosas y maravillosas, pero ninguna más espantosa y
asombrosa que... ¡el mafadet!
Isaac había estado mostrando su sonrisa sardónica, pero
incluso él se sumó al grito sofocado del grupo.
¿De verdad tienen un mafadet?, pensó, mientras el
presentador retiraba una cortina frente a la pequeña tienda.
Se acercó para ver mejor.
Se produjo un lamento más profundo, y la gente de las
primeras filas pugnó por retirarse. Otros trataban a
empellones de ocupar sus puestos.
Tras unos barrotes negros, sujeta por fuertes cadenas, se
hallaba la bestia extraordinaria. Se encontraba en el suelo, su
inmenso cuerpo pardo como el de un león colosal. Entre los
hombros había una zona de pelaje más denso de la que
brotaba un gran cuello ofídico, más grueso que el muslo de
un hombre. Sus escamas relucían con un color oleoso y
rubicundo. Un intrincado patrón se enroscaba desde lo alto
del cuello, abriéndose en forma de diamante en el punto en
que se curvaba para convertirse en una gigantesca cabeza de
serpiente.
La testa del mafadet descansaba sobre el suelo. La
larguísima lengua bífida salía y entraba de las fauces. Los
ojos refulgían de negrura.
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