Page 217 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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se limitó a contemplar.
Mil siluetas se derramaban por el aire desde su almacén.
Volaron juntas, sin rumbo durante unos instantes, antes de
sentir las corrientes de aire y alejarse. Algunas partieron con
el viento. Otras viraron y combatieron las ráfagas trazando
círculos hacia la ciudad. La paz de aquellos primeros
instantes de confusión desapareció. Las aspis volaban entre
los bancos de insectos desorientados cerrando sus diminutas
mandíbulas leoninas sobre los pequeños, gruesos y crujientes
cuerpos. Los halcones despedazaban palomas, chovas y
canarios. Las serpientes libélula ascendían en las espirales
térmicas tratando de capturar alguna presa.
Los estilos de vuelo de los animales liberados eran tan
distintos como sus formas silueteadas. Una figura oscura
aleteaba de forma caótica por el cielo, hundiéndose hacia una
farola, incapaz de resistir la luz: una polilla. Otra se alzaba
con majestuosa simplicidad y se perdía en la noche: algún
pájaro de presa. Una abrió un instante las alas como una flor,
antes de pegarlas a su cuerpo y perderse disparada en un
borrón de aire descolorido: uno de los pequeños pólipos de
viento.
Los cuerpos de los exhaustos y los moribundos se
precipitaban desde el aire en un amasijo de carne. Isaac
pensó en que el suelo terminaría encenagado con la sangre y
el icor. El Cancro producía suaves chapoteos, reclamando a
sus víctimas. Pero había algo más que vida y muerte. Durante
unos pocos días, unas pocas semanas, musitó Isaac, el cielo
de Nueva Crobuzon recuperaría el colorido.
Lanzó un beatífico suspiro. Miró a su alrededor y se acercó
deprisa a las pocas cajas con capullos, huevos y larvas,
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