Page 214 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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para protegerse de la cacofonía.

                — ¡Callaos todos de una puta vez! —gritó, aunque el coro

            animal prosiguió con el mismo ímpetu. Se sujetó la cabeza

            con las manos, frunciendo el ceño cada vez más.


                Aún  le escocía el  desastroso viaje del día anterior  a
            Salpicaduras.  No  podía  evitar  repasar  una  y  otra  vez  los

            acontecimientos en su cabeza, pensando en lo que podía, en

            lo que debía haber hecho de otro modo. Había sido arrogante

            y estúpido, apareciendo allí como un intrépido aventurero,

            enseñando  el  dinero  como  si  se  tratara  de  un  arma

            taumatúrgica. Lin tenía razón. No era de extrañar que hubiera

            conseguido enajenar a toda la población garuda de la ciudad.

            Se había acercado a ellos como si se tratara de una banda de

            pandilleros a los que se pudiera asombrar y comprar. Los
            había tratado como a los compinches de Lemuel Pigeon. Y

            no lo eran. Eran una comunidad paupérrima, asustada, que

            pugnaba por sobrevivir, y quizá por conservar un jirón de

            orgullo,  en  una  ciudad  hostil.  Eran  testigos  de  cómo  sus

            vecinos eran exterminados por los vigilantes como si de un

            deporte se tratara. Moraban en una economía alternativa de

            caza y trueque, forrajeando en el Bosque Turbio y rateando.

                Su política era brutal, pero totalmente comprensible.


                Y ahora había reventado cualquier posible relación con

            ellos. Levantó la vista de los dibujos, heliotipos y diagramas
            que  había  realizado.  Como ayer,  pensó.  El acercamiento

            directo no funciona. Estaba en la pista correcta desde el

            principio. Esto no va sobre aerodinámica, ese no es el

            camino...  Los  graznidos  de  sus  cautivos  invadieron  sus

            pensamientos.

                —¡Basta! —gritó de repente. Se incorporó y observó a los



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