Page 233 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Isaac no pudo persuadir a Yagharek para que se quedara
en el almacén. El garuda se negaba a explicar sus objeciones.
Simplemente desapareció en la noche, un despojo proscrito
pese a su orgullo, para dormir en alguna zanja, alguna
chimenea, alguna ruina. Ni siquiera aceptó su comida. Isaac
se quedó en la puerta de la nave, viéndolo alejarse. La capa
oscura del garuda se ceñía al armazón de madera, a las alas
falsas.
Isaac cerró la puerta, regresó a su pasarela y observó las
luces deslizarse por el Cancro. Reposó la cabeza sobre los
puños y escuchó el tic tac del reloj. Los sonidos salvajes de
la Nueva Crobuzon nocturna se abrían paso, embaucando a
los muros. Oyó la música melancólica de las máquinas, los
barcos y las fábricas.
En la planta baja, el constructo de David y Lublamai
parecía cloquear suavemente al ritmo del reloj.
Recogió sus esquemas de la pared. Algunos que creía
buenos los guardó en su grueso portafolio. Muchos los
valoró con ojo crítico y los tiró. Se tumbó sobre su
prominente barriga, rebuscó debajo de la cama y sacó un
polvoriento abaco y una regla de cálculo.
Lo que necesito, pensó, es ir a la universidad y liberar una
de sus máquinas diferenciales. No sería fácil. La seguridad
de aquellos artefactos era neurótica. Isaac comprendió de
repente que tendría la ocasión de revisar los sistemas de
guardia por sí mismo; al día siguiente iba a la universidad
para hablar con su detestado empleador, Vermishank.
No es que Vermishank le diera mucho trabajo
últimamente. Habían pasado meses desde que recibiera una
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