Page 273 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Los vientos primaverales eran cada vez más cálidos. El
aire sucio sobre Nueva Crobuzon estaba cargado. Los
meteoromantes de la ciudad en la torre nube de la Cuña del
Alquitrán copiaban las cifras de los diales giratorios y
arrancaban gráficas de frenéticos indicadores atmosféricos.
Apretaban los labios y sacudían la cabeza.
Hablaban entre murmullos sobre el verano
prodigiosamente cálido y húmedo que se avecinaba.
Golpeaban las enormes tuberías del motor aeromórfico que
se alzaba por toda la altura de la torre hueca como un
gigantesco órgano, como los cañones de un arma que exige
un duelo entre la tierra y el cielo.
—Maldito trasto inútil de mierda —musitaban
disgustados. Se habían hecho intentos no demasiado en serio
por arrancar las máquinas en los sótanos, pero no se movían
desde hacía ciento cincuenta años, y no había nadie vivo
capaz de arreglarlas. Nueva Crobuzon se veía obligada a
soportar el clima dictado por los dioses de la naturaleza o el
azar.
En el zoológico de Cuña del Cancro, los animales se
movían inquietos ante el cambio del tiempo. Eran los últimos
días del celo, y el incansable nerviosismo de los cuerpos
lujuriosos había remitido un tanto. Los cuidadores estaban
aliviados por el cambio. La seductora invasión de diversos
almizcles en las jaulas había provocado comportamientos
agresivos e imprevisibles.
Ahora, a medida que las horas de luz duraban cada vez
más, los osos, las hienas, los fuertes hipopótamos, los
solitarios alopes y los simios aguardaban quietos, en aparente
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